El mostrador 16 junio 2016

Investigadores en Humanidades acusan al gobierno de discutir a sus espaldas creación del Ministerio de la Ciencia
Los investigadores -entre las que se encuentra la Premio Nacional de Humanidades, Sonia Montecino- sostienen que las políticas actuales de apoyo a la investigación académica y a la nueva institucionalidad científica que se pretende crear, deben ser reformuladas tomando en cuenta el rol central que tienen las artes y humanidades junto con la ciencia y la tecnología, y no subordinadas a ellas.

Todo partió con la crisis institucional de Conicyt, desatada en marzo tras la renuncia de Bernabé Santelices, su segundo director en menos de un año. Ese mismo mes, un grupo de investigadores en artes y humanidades se organizó a través de las redes sociales para plantear una propuesta ante la crisis institucional de la ciencia en Chile.
Hoy tienen tres voceros y una carta abierta (https://docs.google.com/a/elmostrador.cl/forms/d/17H5nOYm6eeWMgWfpdX9JuckQ5CPClOJg8QizRTHr0O0/viewform?c=0&w=1) que ya ha alcanzado 600 firmas de apoyo, entre ellas las de la antropóloga Sonia Montecino, Premio Nacional de Humanidades 2013, la escritora Andrea Jeftanovic y el académico y ex consejero del CNCA Pablo Chiuminatto. Pero también está el bioquímico Jorge Babul, presidente del Consejo de Sociedades Científicas de Chile.
La carta, de poco más de una carilla, señala que “las políticas actuales de apoyo a la investigación académica deben ser reformuladas tomando en cuenta el rol central que tienen las artes y humanidades junto con la ciencia y la tecnología, y no subordinadas a ellas”, y que el diagnóstico que hacen “no se refiere sólo a la institucionalidad de Conicyt y de otros organismos que otorgan fondos para la investigación, sino que parte de la consideración global de la situación crítica en que se encuentra el sistema educativo chileno”.

Enfatizan, además, que la “nueva institucionalidad para la investigación en Chile no puede ser creada a espaldas de sus protagonistas” y por eso exigen tener una “participación activa en el diseño de una institucionalidad” que considere la validez e importancia de las disciplinas artísticas y humanistas.

La misiva fue entregada el viernes 13 de mayo en La Moneda y a representantes de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt), en una manifestación pública. Sus impulsores además tienen previsto reunirse a comienzos de julio con Mario Hamuy, el nuevo presidente del Conicyt.

El grupo de académicos e investigadores se ha planteado además un trabajo permanente en el que continuarán reuniéndose para discutir la nueva Ley de Ciencia, así como también otras instancias del diseño institucional que inciden en la evaluación y desarrollo de la investigación en artes y humanidades, como el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) y la Comisión Nacional de Acreditación (CNA), entre otros temas relevantes en el área.

Exclusión de las humanidades

Entre las cabezas visibles del movimiento se cuentan Lorena Amaro, académica del Instituto de Estética de la UC, el profesor e investigador Matías Ayala y Lucía Stecher, del Departamento de Literatura de la Universidad de Chile.
“El objetivo de la carta fue visibilizar el interés que tenemos de participar en el diseño de una nueva institucionalidad científica y cultural y que se nos convoque a las mesas de trabajo de las cuales hemos sido excluidos hasta ahora”, señala Amaro.
“Nos preocupa que no se escuche a los actores que realizan la investigación en las áreas de las que participamos, y que los criterios de esta nueva institucionalidad tengan un carácter básicamente economicista e instrumental”, complementa Stecher. Por efectivamente, como recuerda Chiuminatto, el mundo de la ciencia es más que las “ciencias duras”. Y remata que por algo nuestros dos Premios Nobel no vienen de estas áreas.
Está claro que la estructura actual del Conicyt, que prácticamente no ha cambiado desde los años 60, ya no da para los tiempos que corren. Recién en septiembre de 2015, tras 42 años de receso por culpa de la dictadura, se reconstituyó el Consejo de Conicyt. Pero no ha sido suficiente.
“Ese Consejo está incompleto. Faltan secciones compuestas por académicos que tienen que ver con las diversas disciplinas, las ciencias exactas, las ciencias naturales, las tecnologías, las humanidades, las ciencias sociales”, lamenta Babul. Una falencia que incluye en otro punto difícil, el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (Fondecyt).
Los Fondecyt

Un tema sensible son los proyectos de investigación financiados por el Conicyt, los Fondecyt, de gran peso no sólo por prestigio académico, sino como fuente de financiamiento para sus ejecutores y las universidades. Se calcula que actualmente dos tercios de los mismos están dedicados a temáticas de ciencias exactas, y sólo un tercio a las humanidades.

La académica Claudia Zapata critica la visión economicista dominante en este tema. “Los estudiantes de postgrado y los investigadores hemos tenido que hacer equilibrismo retórico cada vez que debemos completar esa parte del formulario equis en que se nos pregunta por el aporte a la sociedad de lo que estamos proponiendo o estudiando”, acusa.

“Pareciera que la formación de sujetos críticos y la discusión en torno a los marcos sociales y normativos que nos rigen, con el consecuente aporte que esto significa para la profundización de una democracia tan imperfecta como la nuestra, no es suficiente. Y nosotros reivindicamos eso, el enorme aporte de nuestras disciplinas humanistas y artísticas en la construcción de una memoria social activa, una ciudadanía crítica, con capacidad para incidir en el presente y en el futuro de nuestras sociedades”.

“Quizás a algunos les puede parecer que el problema de los formularios y los papers puede parecerle una minucia, pero en realidad no lo es para quienes trabajamos de manera directa con el lenguaje, los conceptos y las experiencias estéticas”, coincide el académico Felipe Cussen, de la U. de Santiago. “Para los investigadores en artes y humanidades, la escritura no es una simple transcripción de datos recogidos en un experimento: es un proceso fundamental en que la reflexiones e interpretaciones pueden dar nuevos giros, y es por eso que el ensayo ha sido durante siglos nuestro principal vehículo de comunicación”.

Babul reconoce que es muy difícil cuantificar o medir el avance en ciertas áreas “con la misma vara de las ciencias exactas”. En su área, el trámite usual es una publicación en una revista científica. “Pero si usted habla con un filósofo que piensa o un arquitecto que diseña, es más complejo. Por allí va el reclamo de los colegas de estas áreas. Hay que juntarse, ser creativos y ver de qué manera uno podría ajustar estos índices a las diversas áreas”.

Excluidos de la Comisión

Pero las críticas no terminan ahí. Otro punto es que la Comisión Presidencial Ciencia para el Desarrollo de Chile, dirigida por el economista Gonzalo Rivas, que entregó en julio de 2015 a Bachelet el documento “Un sueño compartido para el futuro de Chile”, estuviera integrada por biólogos, ingenieros, expertos en tecnología, educadores y psicólogos, pero ningún miembro de las humanidades.

Ello refleja, en opinión de Amaro, “el desconocimiento y la indiferencia que hemos debido enfrentar durante años hacia nuestros ámbitos de trabajo, considerados aparentemente ‘ornamentales’, como si nuestra actividad fuera menos importante o requiriera de menos especialización”.

“De hecho, el problema nos parece gravísimo porque en ese documento no se abordan cuestiones fundamentales, que dicen relación con una discusión epistemológica: cómo se produce el conocimiento hoy en Chile, qué temas afectan a esa producción del conocimiento. Cómo criterios economicistas intervienen en las políticas de investigación de las universidades y de la gestión de los fondos concursables. Podrían haber invitado a filósofos, historiadores, críticos y teóricos de la literatura y el arte a conversar sobre esos temas”, añade.

Esta misma noción economicista y neoliberal-desarrollista es la que impregna el proyecto del nuevo ministerio. En palabras de Ayala, la Corfo y el Ministerio de Economía quieren implementar investigación aplicada a tecnologías de punta, donde es central la noción de “innovación”. Y se aspira a una “sociedad de la innovación” que “no se va a alcanzar en Chile, al menos no con la estructura social y educativa que existe hoy día”, señala.
Para Chiuminatto es esencial que se establezca una correlación entre este nuevo ministerio, el de Cultura y el de Educación. “En el caso de estos dos últimos su vinculación en el actual proyecto, que está en la Cámara de Diputados y que acaba de pasar con máxima urgencia al Senado, es pobrísimo”, advierte. “Es de esperar que el vínculo entre el de ciencia y el de cultura sea fuerte, porque de otro modo no sé en qué tipo de cultura está pensando este gobierno”.

“El punto de partida con el nivel de la educación en Chile es bastante triste: hay mucho que hacer a nivel de las capacidades de lectura y escritura”, dice Stecher. “Con la poca importancia que se les ha dado a las disciplinas humanistas se ha formado estudiantes que no son capaces de comprender lo que leen y que tienen terribles problemas de redacción. Es necesario volver a leer literatura, recuperar una reflexión crítica sobre la historia, incentivar la escritura de ensayos y no la evaluación por alternativas múltiples”.
Origen de la carta

Todas estas inquietudes estuvieron en el origen de la carta, que se generó a partir de una serie de reuniones sostenidas por académicos de universidades públicas y privadas en marzo, con participación de algunas personas también de regiones.

La primera de estas reuniones -han sido cinco hasta el momento- fue convocada en enero y se realizó el 16 de marzo. Participaron unas 70 personas. En ella se decidió confeccionar la carta pública, que fue trabajada en los encuentros siguientes. Muchos colegas escribieron también desde regiones – Valdivia, Concepción y Valparaíso- para participar. El último encuentro del grupo se realizó en la Universidad de Valparaíso. La idea es ir replicando esta experiencia en otras regiones.

Ahora los firmantes esperan que el impacto sea real. Chiuminatto advierte que la experiencia demuestra que aunque este gobierno tiene como predicamento transmitir principios participativos en las iniciativas ministeriales que han impulsado, como el ministerio de Cultura, Indígena y ahora el de Ciencia y Tecnología, el que se reúnan comisiones para cada cosa no implica que sus recomendaciones queden reflejadas en los documentos finales.

“Lo importante es que el gobierno entienda que cuando intelectuales y académicos critican los proyectos no se trata de que no sea necesario un ministerio, sino que hay que hacerlo bien”, advierte el académico de la UC. “Sobre todo escuchar y transferir las recomendaciones a los diseños. Lamentablemente el gobierno hace el amago de escuchar y luego se diseñan las políticas entre cuatro paredes con principios que logran apegarse a modelos que no necesariamente son los mejores para el futuro del país”.

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