Claudia Muñoz Tobar

Por Claudia Muñoz Tobar
Departamento de Filosofía
Universidad de Concepción

 

Hace unos días leí el interesante artículo de Carlos Huneeus en El Mostrador: La reforma universitaria de Bachelet y los intereses político-económicos que la impedirán. Huneeus se refiere a los obstáculos de la reforma de una manera que debiera inquietarnos, pues
afirma que lo que el gobierno habría concluido hasta aquí no sería sólo la obra gruesa de la reforma, sino la obra completa.

Sin restar importancia a su análisis de los distintos factores que explican esta conclusión, me inquieta algo que Huneeus señala casi al pasar, a propósito de la profundización de los problemas y carencias de las universidades estatales con cada día que la reforma demora en iniciarse.

Me refiero al problema del retraso que se mantiene todavía en “ciertas áreas, como las ciencias sociales”, una situación que no tendría cambios sustantivos a pesar de la reforma de la educación superior.

Como académica del área de humanidades de una universidad regional del CRUCH, me inquieto por dos razones principales. La primera de ellas es que constato que el retraso en esas “ciertas áreas” no afecta sólo a las estatales, sino también a varias universidades del G9; la segunda, que considero la más preocupante, es que no son tanto las ciencias sociales como las humanidades y las artes las que han pagado los costos más altos de la desregulación y los intereses políticos y económicos que han marcado la historia reciente de nuestro sistema educativo en general. Su evidente retraso no se reduce a un problema de financiamiento.

Algo mucho peor hay detrás de la falta de recursos para las humanidades y las artes en la educación superior pública, es decir, detrás de la reducción y el congelamiento de plazas, las bajas remuneraciones y la cuestionable calidad de los contratos de los doctores y artistas que postulan a ellas, la pobrísima o incluso nula inversión en infraestructura y la limitación de la investigación en humanidades a una sola fuente de financiamiento (Fondecyt).

En efecto, con preocupación hay que admitir que el desinterés por su desarrollo y la falta de reconocimiento de sus particularidades y aporte social, son la expresión de la conversión de las humanidades y las artes, antes concebidas como fines en sí mismas, en instrumentos de productividad y en negocio.

La presión de las autoridades universitarias para que las humanidades y las artes se acomoden a sistemas de investigación y difusión académica ajenos, calcados de otras áreas, funciona en los académicos como una especie de anteojeras que dirigen su atención únicamente al objetivo de cumplir con unos exigentes estándares científicos, reduciendo significativamente su ámbito de acción.

Si la contribución de las humanidades y las artes al conocimiento, a la cultura, a la universidad y al país tiene que medirse según criterios ajenos a su naturaleza, quienes tenemos la convicción de que son y deben seguir siendo la expresión del espíritu desinteresado que ha movido e inspirado desde antiguo el afán de conocimiento y realización humana, nos vemos en la lamentable situación de tener que optar por dos caminos que parecen, erróneamente, irreconciliables: la creación y el estudio por un lado, y la contribución ciudadana y social por otro.

Es lamentable, porque el buen tránsito por el primero seguirá dependiendo de recursos siempre escasos, repartidos, justamente o no, entre unos pocos; mientras que tomar el segundo puede significar para algunos la renuncia a su desarrollo académico y al reconocimiento de sus pares.

La situación de las artes y las humanidades es grave, porque los afectados no son única ni necesariamente los académicos, muchos de los cuales encuentran sin duda gratificante la posibilidad de agregar un granito más a la enorme playa de las ideas, sino los propios estudiantes y las comunidades en medio de las cuales las universidades, especialmente las regionales, se hayan insertas.

De la desnaturalización de las humanidades y las artes no son responsables sólo los gobiernos, también las propias universidades, cuyas autoridades no están dispuestas a renunciar a cualquier medio, por pequeño que sea, de obtener recursos, y se rinden entonces, sin reflexión ni reacción, a las presiones, no escuchan a sus académicos y terminan reduciendo la libertad de estos últimos a la posibilidad de contar con un espacio para escribir sus papers, ojalá calladitos e invisibles.

Si nuestras universidades están dedicadas a fines tan inmediatos como evitar quedarse sin financiamiento del Estado o a recibir recursos de una institucionalidad regida únicamente por criterios, tan pobres espiritualmente, como la innovación y la productividad, nuestra única posibilidad es exigir nosotros mismos un lugar para las humanidades y las artes allí donde se toman las decisiones.

Queremos y exigimos la participación efectiva en la discusión que llevará a una nueva institucionalidad para la ciencia y la tecnología, porque tenemos la convicción de que el fortalecimiento de las artes y las humanidades es un paso indispensable y decisivo hacia el desarrollo de la ciencia y de nuestro país en un sentido integral.

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