domingo, 14 de mayo de 2017

El Mercurio

Conocimiento Más allá de la economía: ¿Hay lugar para las humanidades y artes en el futuro Ministerio de Ciencia?

El 2 de mayo se aprobó la idea de legislar el proyecto que crea una nueva institucionalidad para la investigación. Aunque es un cambio anhelado, desde las ciencias del espíritu temen que la ley reproduzca la actual marginalización de sus disciplinas en favor de la ciencia aplicada al desarrollo económico. Por eso, presentaron indicaciones a la ley. En la marcha por la ciencia del pasado 22 de abril, entre los lienzos y carteles que decían cosas como “Para que mi país no se hunda en la ignorancia” o “La ciencia no se vende”, había uno blanco, con letras en rojo y negro, en el que se leía: “Investigadores en Artes & Humanidades”. Ese día a la Plaza de Armas de Santiago llegaron unas dos mil quinientas personas demandando, entre otras cosas, más y mejores recursos, mejores condiciones laborales y el fomento de la investigación científica fuera de la Región Metropolitana.

Son reivindicaciones de larga data, que ahora se encuentran con una coyuntura: el proyecto para crear un Ministerio de Ciencia y Tecnología, que ingresó al Congreso el 23 de enero de este año. El 2 de mayo la Comisión Desafíos del Futuro del Senado aprobó la idea de legislar y ahora se entra a la discusión en detalle de la iniciativa. Una buena noticia, en principio. Sin embargo, al leer el proyecto queda claro el sesgo en favor de las ciencias aplicadas y del desarrollo económico. Por supuesto, hay menciones a la investigación en artes y humanidades, al desarrollo integral, la cultura, pero más en el plano de las buenas intenciones. Lo que prima son ideas como “aprovechar la riqueza de nuestro territorio”, “competitividad”, “cadena de valor” o “propiedad industrial”. Es más, la nueva institucionalidad considera la creación de un Comité Interministerial cuya tarea será elaborar la política nacional del área. ¿Quiénes lo integran? Además de los ministros de Ciencia y Educación, los de Hacienda y Economía.

En la marcha, una investigadora llevaba una cartulina con un imperativo: “No sin Artes y Humanidades”. El temor es que el nuevo ministerio reproduzca la marginalización actual: según cifras de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt), de la que dependen el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (Fondecyt) y otros programas, entre 2013 y 2015 se financiaron 12.616 proyectos. De ellos, 1.421 eran de humanidades (no se indica si hay en artes), o sea, un 11,26%. El resto se lo llevan las ciencias naturales, ingeniería y tecnología, ciencias médicas y de la salud, ciencias agrícolas, ciencias sociales, proyectos multidisciplinarios y otros.

Es cierto que se postulan menos proyectos en humanidades, pero también que en la práctica estas disciplinas solo pueden postular a Fondecyt, y no a otros programas como el Fondo de Fomento al Desarrollo Científico y Tecnológico o el de Financiamiento de Centros de Excelencia en Áreas Prioritarias. Por eso, en marzo del año pasado un grupo de investigadores se reunió para encauzar la molestia y demandar participación en la creación del ministerio.
“Hubo una conjunción de factores”, dice Matías Ayala, investigador independiente y presidente de la Asociación de Investigadores en Artes y Humanidades (A&H), nacida en esa reunión. Sentada frente a él, en un café, Carolina Gaínza ­ especialista en literatura y cultura digital, y profesora de la Universidad Diego Portales­ completa: “Nos preguntamos de qué manera entrábamos nosotros en ese proyecto”.

A partir de esa reunión hicieron una carta, publicada en mayo de 2016 y firmada por más de setecientos académicos, que entre otras cosas dice: “La institucionalidad vigente impone mecánicamente los métodos, paradigmas y formas de validación científicas a las artes y las humanidades, restringiendo su desarrollo específico y su impacto social y cultural”.

Política de Estado

El proyecto que crea el ministerio instituye un Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, que asesorará al Presidente de la República. Su “tarea central será elaborar la Estrategia Nacional” que orientará las políticas en el área. Luego está el mencionado comité de ministros que elaborará la política nacional “para el período presidencial respectivo”, además de un “Plan de Acción” para implementarla. Finalmente, habrá una Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo, encargada de ejecutar las políticas, que reemplaza a Conicyt.

El consejo estará compuesto por un presidente y catorce consejeros, debe reflejar la diversidad de disciplinas, contemplará la participación de profesionales reconocidos en políticas de desarrollo de ciencia, tecnología e innovación; de personas destacadas “en los sectores de la gran, mediana y pequeña empresa y del emprendimiento”; “académicos o expertos en el ámbito de formación de profesionales y técnicos; e investigadores de reconocida trayectoria en los campos de las artes y las humanidades, de las ciencias sociales, las ciencias naturales y exactas, y la ingeniería”.

¿Quién y cómo se nombrará a los consejeros, cuál será la proporción de esos sectores en el consejo? No se dice. “Uno de nuestros temores es que los empresarios, las políticas públicas, los economistas, coopten el consejo, y que en vez de hacer una política de conocimiento se haga una de innovación”, explica Ayala. “No tenemos nada contra los economistas ni contra la gente que hace emprendimiento, solamente que ellos no tienen que cooptar toda la investigación que financia el Estado”. Además, “hay que empoderar al consejo, tiene que ser más importante que el Comité Interministerial o forzarlo a articularse”. Si no, dice, en vez de una política de Estado tendremos una de gobierno; “una política de cuatro años”.

Hasta el viernes había plazo para presentar indicaciones al proyecto. La A&H envió las suyas. Respecto al Consejo Nacional proponen una composición paritaria, “asegurando una participación al menos de 1/2 de académicos e investigadores de ciencias naturales y ciencias básicas, de artes y humanidades”, y enfatizar “la participación de consejeros de las distintas regiones del país”. También piden integrar al Ministerio de Cultura en el comité interministerial.

Gaínza y Ayala aclaran que la asociación valora que exista un proyecto. Pero creen que el que se presentó es muy general: “No hay nada de fondo”, piensa Gaínza. “Nos preocupa que diga que se va a fomentar la ciencia, la tecnología y la innovación para lograr un mayor desarrollo del país, y que en ninguna parte se defina qué es lo que se entiende por ciencia, tecnología e innovación. Y menos hay una discusión respecto a qué estamos entendiendo por desarrollo”.

Ayala complementa: “Es una especie de armatoste institucional para, luego, poder pensar una política de Estado”. De hecho así presentó el proyecto Mario Hamuy, presidente de Conicyt, y quien ha liderado su elaboración: “No estamos dotando de política de ciencia y tecnología al futuro ministerio, a esta futura institucionalidad ­dijo en una de las sesiones de la Comisión Desafíos del Futuro­, simplemente estamos creando los espacios para que allí se pueda hacer esa política que tanto nos hace falta”.

Eso preocupa a la A&H: “A veces sucede que la misma institucionalidad te permite hacer o no ciertas cosas”, dice Ayala. De ahí que en las indicaciones propongan un concepto de creatividad “más amplio, complejo y diferente del concepto de emprendimiento y la comercialización de productos nacidos de la investigación”. Y por eso, también, donde el proyecto habla de fomentar “el desarrollo tecnológico y la innovación derivada de la investigación científico­tecnológica” y contribuir a la formación de “una cultura científico y tecnológica”, la asociación proponga: fomentar “el desarrollo de las ciencias y las tecnologías, las artes y las humanidades”, y contribuir a la formación de “una cultura científica, tecnológica y humanista”.

Otro punto que los inquieta es el presupuesto del ministerio. Según el informe financiero elaborado por Hacienda, a la nueva institución se le asignarán $344.280 millones. La mayor parte de ese dinero provendrá de reasignaciones, especialmente desde Conicyt, más un aumento de $4.044 millones vía Ley de Presupuestos. “Básicamente este es un proyecto costo cero para el gobierno”, señala Gaínza. El problema es que “Conicyt está en crisis hace tiempo, principalmente porque está subfinanciada”, explica Ayala. “Yo creo que necesitamos más de un 10% de aumento solo para que Conicyt salga de su crisis. Entonces, ¿qué están arreglando?”.

Otra manera

“Un problema de las artes y humanidades en esta discusión es dar a conocer que producimos un tipo de conocimiento distinto al de la ciencia. Eso no se entiende y por eso en Fondecyt se nos imponen criterios de evaluación que son de las ciencias”, dice Gaínza. Ayala agrega: “Por ejemplo, nosotros estamos mucho más cercanos a la industria cultural. Muchos profesores lanzan libros”.

Para Gaínza ese es un gran tema: “Encerrarnos en el formato paper , y no digo que no tengamos que hacerlo, igual lo hacemos, pero darle valor a eso por sobre la publicación de libros en nuestras áreas es no conocer la manera en que
producimos y hacemos circular el conocimiento”. Si a eso se suma el sesgo comercial ­que también perjudica a la ciencia base­, ya no es que se le estén pidiendo peras al olmo, es que le piden plata. “No todos los conocimientos son transables en el mercado, pero no por eso son inútiles o no aportan”, reclama la docente.

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